En este mundo extraño…

Suena la alarma, a levantarse, a preparar café, ir al baño, ducharse, desayunar, ir a trabajar, llegar a casa, cumplir con las responsabilidades familiares, dormir…

Suena la alarma, a levantarse, a preparar café, ir al baño, ducharse, desayunar, ir a trabajar, llegar a casa, cumplir con las responsabilidades familiares, dormir…

Papelitos por acá, la agenda, notitas por allá; todo calculado.

Los días pasan volando. Ayer era diciembre y ¡blaf!, mañana otra vez lo será.

¿Qué le pasó a esta época? ¿Por qué tan acelerada? ¿Por qué tanta ansiedad y tantas rutinas monótonas convertidas en lastre? ¿Por qué nos cuesta disfrutar de los segundos que dura un abrazo? ¿Por qué dura unos segundos? ¿Tanto correr para llegar a dónde?

Walter Riso dice, “nos acostumbramos tanto a la ansiedad que vemos a un tipo tranquilo y nos estresamos”, y creo que tiene razón. Además, esta cultura estigmatiza promover el balance entre vivir y trabajar. Estoy de acuerdo con Alejandro Formanchuk, “la adicción al trabajo es una enfermedad muy peligrosa porque la sociedad, en el fondo, la celebra”.

Pero… ¡qué bien se siente romper el molde!

Necesario es desconectarse un rato sin pensar en que “no hacer nada” es perder el tiempo. Una caminata en el parque, detenerse, observar, oír música sin parar, reír acompañados, solos; sentarse en la arena y leer un libro, manosearlo, olerlo. Abrir la cortina y disfrutar el ocaso, así… sin hablar; sentarse en el mar y ver las olas bailar.

Hay quienes defendemos ese “mundo extraño”, donde se consiguen las cosas simples, donde hay placer, donde eres libre… Te invito a disfrutarlo.

La maleta que dejé

Cuando tomé la decisión de emigrar, una de las ineludibles reflexiones era qué llevar y qué dejar. Sin duda, un gran reto de desapego. Puse patas arriba mi cuarto, y clasifiqué todo para tener más orden y pensar mejor; no quería dejar nada importante. Busqué una maleta y allí metí todo lo que dejaría —libros, portaretratos, carnés de trabajo, cartas —; la ropa que pensé que no me serviría en el nuevo país la regalé. En otra maleta, esta era la que me llevaría, metí un par de camisas, pantalones y algunos enseres; al final, me ahorraría tener que comprarlos otra vez. Arreglé todo, me despedí, me fui.

Tiempo después, en mi nuevo ciclo de vida, con cada mudanza se hacía más fuerte la sensación de que algo había olvidado; no podía comprender de qué se trataba. Tal vez nostalgia. En mis ratos silenciosos tenía una cita con algunos autores que palparon el sombrío peso del destierro; sus taciturnas letras eran dulce compañía, de esas con quienes tienes el placer de asfixiar a la soledad, y agradeces, porque te entienden. Quizá ellas descifraban el misterio de lo que sentía olvidado, quizá lo dejé en alguna de mis maletas, tal vez era mi alma, pero no me lo explicaban. Mientras Facundo Cabral cantaba, entre letras de Borges y poemas de Cortázar suspiraba. Me decía Borges: “Razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente; que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente (…) Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza”.

Entendí.

Caminé, y fue en el sendero donde comprendí lo que decía Tolkien, “no todo el que deambula está perdido”. Y así, andando, el peso del objeto perdido iba aplacándose. Descubrí que la casa de uno está dentro de uno; y que debemos mantenernos en el camino demarcado por los laureles de la libertad, alejándonos de aquellos que nos encadenan, que no nos dejan ser ni pertenecer. Que mientras queramos controlar el futuro la cabeza grita y los pies se cansan; que apostar por lo que queremos, esforzarnos y decidir, libera. Que estar felices y en paz no es estar sonriendo todo el tiempo, y que fijar una meta no debe desviarnos del aquí y el ahora. Que cada día debe ser una nueva oportunidad para viajar a nosotros; y que tallarnos en cada amanecer es regla obligada. Que es nuestro deber asumir nuestra responsabilidad y no endosarla. Que eso que llamamos destino es el resultado de nuestras decisiones, y aprovechamos mejor la ocasión de reencauzar el río si aprendemos a escucharnos. Domar nuestras actitudes, valorar nuestras aptitudes, hacer lo que debemos hacer, actuar cuando debemos actuar, sin postergar lo impostergable; caer, desgarrarse, curarse y otra vez andar.

Así pasaron los días, entre noches solitarias,  el jazz y la luna, esa relucida dama imprudente que una vez me preguntó: ¿Ya sabes qué dejaste? —Sí, lo recordé. —Le respondí—. Se me escapó un trozo del corazón, y cayó en la maleta que dejé. Así como se me escapa un trozo cada vez que arreglo la maleta para partir a otro sitio; porque así y solo así se queda una parte de mí, quizá algún día lo necesite cuando regrese a encontrarme… si de pronto me pierdo.